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miércoles, 5 de febrero de 2014

La renta básica y la cuestión femenina

La renta básica y la cuestión femenina
Carolina del Olmo      02/02/14

No seré yo quien menosprecie las complejidades de la propuesta de una renta básica universal de ciudadanía. Recuerdo que la primera vez que oí hablar del tema me pareció un sinsentido: ¿dar una cantidad de dinero a todo el mundo por igual, con independencia de si lo necesita o no?, ¿lo mismo para mí que para el tío del Mercadona? No salía de mi asombro con lo estúpida que me pareció la propuesta. Después, me enteré de las inmensas ventajas de la “incondicionalidad”, es decir, los enormes beneficios de un subsidio que no depende del cumplimiento de ciertas condiciones (como llevar no sé cuánto tiempo en la miseria, tener 4 mocosos con los zapatos rotos, etcétera) y, por tanto, que es preventivo, que no viene a parchear la pobreza sino a evitar la exclusión.

Pero ojo, porque lo malo de los subsidios actualmente existentes no es sólo que tengas que estar bien jodido antes de recibirlos sino que, ¡horror!, tienes que demostrarlo. La irracionalidad de la burocracia estatal se convierte en estos casos en sorda crueldad. Justamente estas navidades, leyendo la prensa local asturiana, me enteré de que, por ejemplo, el plazo para la tramitación de la renta social a la que pueden optar como último clavo ardiendo quienes se encuentren en dificultades económicas muy serias, es de un año. Un año de espera en vete tú a imaginar qué condiciones, y todo no sea que cumplido el plazo no te falte alguna póliza o no tengas el DNI en vigor. Y no, no se trata de una anécdota: hay un sinfín de estudios que demuestran que las ayudas y subsidios condicionales dejan siempre fuera a un importante sector de la población más necesitada (como diría la Wikipedia, citation needed: no tengo tiempo ahora de buscar los links).

Recuerdo que otra de las objeciones que se me ocurrieron cuando oí hablar del tema, aparte de la aparente injusticia de repartir sin tener en cuenta aquello de “a cada cual según su necesidad” fue que podría convertirse en un acicate para la bajada de salarios. El empresario, a quien ya de suyo no le hacen falta muchos acicates para bajar los salarios, podría razonar así: “si el estado le da a esta tía 400 pavos al mes, ¿para qué le voy a dar yo 800? Basta con le dé otros 400 y va que chuta para reproducir su fuerza de trabajo”. Es lo que, al parecer, sucedió con las leyes de pobres de Speenhmaland a finales del siglo XVIII, como explicó estupendamente Karl Polanyi. Pero es que un punto fuerte de la propuesta de la Renta Básica –que no siempre se tiene en cuenta, pero que a mi entender es básico– es que debe tratarse de una renta suficiente para sobrevivir dignamente. Por supuesto, cabe discutir si basta con equipararla al Salario Mínimo o si dejamos de fingir que el Salario Mínimo te permite subsistir en una gran ciudad como Madrid o Barcelona…

Pero dejando de lado estos detalles, lo que es innegable es que si se rompe le ley de hierro de los salarios, es decir, si ir al tajo deja de ser la única forma de sobrevivir dignamente, por fin empiezan a tener sentido algunas cosas muy, muy importantes. Por ejemplo, la libertad y el resto de derechos individuales liberales, que sin una base material que los sustente tienden a quedarse en una carcasa vacía. Por ejemplo, la idea de negociación o diálogo social, que sólo puede tacharse de chantaje cuando lo que se juega una de las partes es literalmente su supervivencia.

Así, una renta básica incondicional y suficiente incrementaría estratosféricamente el poder de negociación de la clase obrera y cambiaría radicalmente el tablero de juego. ¿Qué pasaría luego? Qué se yo. Lo que nosotros queramos, lo que seamos capaces de construir. 

La renta básica per se no derroca el capitalismo ni acaba con el patriarcado ni arregla el medioambiente ni me hace perder los kilos que gané estas navidades, pero es innegable que proporciona un terreno mucho más llano en el que poder pelear por lo que sea que consideremos justo pelear. Dicho esto, de lo que yo en realidad quería hablar aquí era de una de las supuestas desventajas de la renta básica que los críticos suelen mencionar y que me toca particularmente las narices como mujer y como madre: el temor a que esta especie de “salario por no hacer nada” desincentive la participación de las mujeres en el mercado de trabajo. A ver, amigos, si nos ponemos de acuerdo de una vez por todas: el mercado de trabajo es un lugar de opresión y degradación en el que abundan las relaciones personales malsanas, la competencia, y un montón de mierda que cualquiera que haya trabajado en un sitio que no sea la universidad pública conoce al dedillo y no merece la pena repetir aquí, y no el jardín de recreo en el que las personas nos realizamos.

Desde el punto de vista de la (miope) ortodoxia feminista, no obstante, el mercado de trabajo es una herramienta imprescindible para conseguir la independencia económica de la mujer, que es a su vez un puntal irrenunciable para evitar situaciones de opresión indeseables (y ahí sí que puedo estar de acuerdo con la ortodoxia feminista). Pero, si resulta que por obra y gracia de la imaginación institucional nos encontramos con una herramienta nueva que garantiza el objetivo de la independencia económica (y lo hace, por cierto, con mucha mayor intensidad y fiabilidad que el mercado de trabajo: 27% de paro, ¿recuerdan?), ¿dónde está el problema? Si algunas mujeres quieren aprovechar la renta básica para salir por pies del mercado laboral e irse a sus casas a cuidar de sus hijos, a cuidar de sus estúpidas uñas o a tocar la guitarra y comer plátanos tumbadas en una hamaca, ¿¿¿cuál es el problema???

No me cabe duda de que si existiera una renta básica universal y suficiente un buen montón de gente, hombres y mujeres, se largarían asqueados del mercado de trabajo para dedicarse a otras cosas, algunas de las cuales tendrán una inmensa utilidad social (como el trabajo de cuidados, como la lucha en defensa de una educación o una sanidad de calidad y universales…) y otras cero pelotero. Ya encontraremos (o no) después la forma de repartir y asignar adecuadamente las tares importantes. Si existiera la renta básica, el “mercado de trabajo” tendría que currárselo más para conseguir gente que limpie váteres, reponga productos en estanterías, atienda quejas telefónicas o empaquete chorradas en un almacén de Amazon. Y eso, se mire como se mire, no puede ser más que una BUENA NOTICIA.

Nota: escribo este texto con el cabreo fresco que me ha producido leer este texto de eldiario.es. Creo que a pesar de que me arden las mejillas de ira he conseguido moderar mi lenguaje y cuidar mi ortografía y sintaxis, pero ruego que me disculpen si no ha sido así.

Carolina del Olmo, filosofa, es directora de cultura del Círculo de Bellas Artes de Madrid y de la revista Minerva