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viernes, 3 de junio de 2011

Correlación entre la inmadurez de la corteza prefrontal, déficit de control inhibitorio y rasgos psicológicos del adolescente (impulsividad, incremento de búsqueda de estímulos, conductas de riesgo) y factores influyentes en el comportamiento antisocial


Siempre hemos escuchado que los adolescentes son inestables, irreflexivos, rebeldes, especialmente en la población profana, se dice con frecuencia, que son irresponsables, alocados, despistados, etc. y casi siempre, en un tono peyorativo. Quizás este es uno de los motivos que me ha llevado a profundizar en los motivos por los cuales esta etapa adolescente es tan difícil, conflictiva, en general, tanto para padres y tutores como para los mismos adolescentes. Hoy día, además, estamos inmersos en una cultura muy marcada por una forma de relación, unos referentes influenciados por la cultura de la violencia, tanto por medio de los videojuegos, como por los contenidos y formas de múltiples medios de comunicación, películas de acción, de terror, etc.
Para realizar esta profundización comenzaremos estudiando si existe una base genética para el comportamiento antisocial que pueda explicar esta conducta. Aquí debemos matizar y diferenciar la conducta antisocial como aquella que comporta una actitud violenta. Aparecen en primer lugar, la insoslayable definición de lo que se entiende por Personalidad Psicopática Antisocial. Nos hemos adherido al concepto del DSM-IV, que establece como característica esencial de este trastorno de la personalidad, la existencia de un modelo de conducta "que desprecia y viola los derechos de los demás y que comienza en la infancia o en la temprana adolescencia y que continua en la adultez". (Jara y Ferrer, 2005)[1]. La definición del DSM-IV tiene mucho de común con la personalidad psicopática que Kurt Schneider (1965, cit en Jara y Ferrer, 2005) calificó como desalmados: "sujetos que carecen de compasión, vergüenza, sentido del honor, remordimiento y conciencia moral" (…) "Los desalmados criminales no deberían hacernos olvidar que también existen los desalmados sociales, naturalezas duras… que caminan sobre cadáveres".
La Conferencia de Declaración de Consensos de Appen (2001, Filley, Price y Morgan cit. Jara y Ferrer, 2005)[2] sobre los aspectos neurológicos implicados en la violencia señala varias dificultades. Primero, la causa de la violencia es multifactorial y una simple correlación entre la disfunción cerebral y un acto violento es raramente posible. Hoy sabemos, que el problema de la violencia es multifactorial, por lo que no sólo intervienen los factores genéticos, sino que además influyen otros factores inmersos en el contexto social, como la estructura familiar, la pobreza, el estrés, el maltrato infantil, el abuso de sustancias tóxicas, etc.
Sin embargo, quedarnos en esta explicación sería reducir o acotar en exceso la problemática. Morales (2008), plantea la existencia de la multicausalidad del comportamiento antisocial, de forma que además de los ya comentados, existen otros como son los factores sociales, históricos y culturales.
Esta constatación de la multicausalidad y de los múltiples factores que influyen en la manifestación de este tipo de conducta, nos lleva a plantear la necesidad de la prevención de la agresión y de la educación, desde edades tempranas. En este sentido, Barrio, Carrasco, Rodríguez, y Gordillo (2009), indagan en su estudio para establecer la relación que aparece entre los hábitos de crianza en las familias y la agresión en los menores, demostrando que una actitud no hostil, y más afectuosa en la conducta materna, unido a un mayor control y comunicación entre los miembros de la familia (fundamentalmente en la madre -  Teoría del Apego de Bowly, 1969, 1973, 1980), aparecen como relevantes para establecer estos comportamientos como base de estrategias educativas y preventivas en la violencia. Sin embargo, no sólo la figura materna tiene relevancia e influencia en el futuro del niño, ya que la familia no tiene un sistema relacional homogéneo, sino que presenta relaciones diferenciadas y personalizadas, donde cada miembro adopta un rol, unas funciones, y donde se establecen relaciones que interactúan y se comunican. La interrelación e interacción es tal que encontrar fronteras para delimitar quién de los miembros ejercerá mayor influencia, se vuelve una tarea ardua, cuanto no una tarea indefendible.  De esta manera, la familia se presenta como un sistema que posee sus propios mecanismos de control, que funcionan como retroalimentación, y según sea ésta, será positiva o negativa. Pero será en la etapa adolescente, donde se aprecian mayores dificultades, y reajustes en estos mecanismos de control.
Carrasco, en su planteamiento de la familia como un sistema relacional, plantea que en esta etapa adolescente: “Los padres deben aceptar el crecimiento y desarrollo de su hijo y darle progresivamente las condiciones para que se desarrolle y pueda llegar a decidir personalmente su futuro laboral, sexual y familiar. Las opciones que el adolescente toma en algunos momentos pueden coincidir o no con las expectativas de los padres, lo que produce conflictos que para muchas familias son difíciles de manejar y aceptar” [3].
Por otro lado, es en esta etapa, donde el cambio más significativo es el paso hacia la inserción social, donde se ponen en funcionamiento el aprendizaje que han ido realizando acerca de las relaciones sociales, los patrones de conducta, los roles aprendidos, etc.
Desde una perspectiva intercultural, Samper, Tur, Mestre y Cortés (2008), ofrecen el resultado de un estudio realizado a adolescentes del 2º ciclo de la ESO acerca de la posible influencia que la cultura, el país de nacimiento, el sexo, y el centro de enseñanza (por el nivel de inmigrantes que alberguen) y  demuestran que los resultados fueron estadísticamente significativos.
Podemos concluir, por tanto, que generalizar y querer “acusar” al adolescente de ser una persona antisocial, agresiva, excesivamente impulsiva, no tiene fundamento, y menos aún, si excluimos los múltiples factores y variables que inciden para que el futuro adulto, el adolescente, pueda desarrollarse en equilibrio, adquirir estrategias de afrontamiento ante los conflictos, los propios y los de su entorno. Sino que al contrario, supone un reto para la sociedad asumir la tarea de enseñanza de habilidades, un reto para las familias, de revisarse y reajustar sus estilos relacionales. Es sólo desde la base que podemos construir sociedades maduras. 

Me pregunto ¿no es precisamente estas características propias de las etapa de la adolescencia y juventud lo que ha hecho posible la evolución de las sociedades al  predominar conductas de riesgo, atrevidas? ¿no es esto mismo lo que esta sucediendo en las sociedades, los movimientos de protesta promovidos por la juventud y que está revolucionando Oriente Medio,  España, y que ha generado una ola de esperanza?
Por Karme Martín

[1] Jara, M y Ferrer, S., (2005). Adolescencia Antisocial: Genética de la Violencia.
[2] Filley C, Price B, Morgan A. Toward an Understanding of Violence: Neurobehavioral Aspects of Unwarranted Physical Aggession: Aspen Neurobehavioral Conference Consensus Statement. Neuropsychiatry Neuropsychol Behav Neurol 2001; 14: 114
[3] Carrasco, E. Curso de Educación a Distancia Salud y Desarrollo Integral de Adolescentes