“EL REY QUE MATABA ELEFANTES. UNA HISTORIA DEL S.XXI.”
Sucedió en la
primavera del S. XXI. Mientras los funcionarios del reino expulsaban a los
pobres de sus casas.
Funcionarios
sordo-ciegos que no escuchaban los llantos de los niños ni miraban los ojos asustados de los impotentes.
Mientras en la
calle el pueblo gritaba pidiendo justicia
y los funcionarios sordo-ciegos
golpeaban a los desesperados.
Mientras, los
cercanos a la corte y al poder se compinchaban para expoliar al pueblo y
engañarlo.
Mientras, las colas
de los hambrientos se extendían serpenteantes por las calles de las grandes y
pequeñas ciudades.
Mientras, miles de seres humanos luchaban por la salud
del planeta y sus criaturas.
Mientras esto
sucedía, el rey, el rey del pueblo, se dedicaba a matar elefantes.
Sé que dudarás de
la veracidad de lo que te cuento, ¡no es posible!, dije yo también cuando vi la
foto del rey y el elefante.
Pero fue así, así
sucedió.
El rey, como todos
los reyes de todos los tiempos, llenaba
sus arcas con los tributos que el estado hacía pagar a todos sus súbditos, (desde
siempre los campesinos han tenido que pagar por sus cosechas, sin
que nadie tenga en cuenta la sequía ni el granizo). Siempre fue así y
en aquella primavera del S. XXI seguía siendo así.
Funcionarios sordo-ciegos, a las órdenes de políticos, funcionarios temporales sordo-ciegos,
perseguían a los que no podían pagar sus tributos amenazándolos con terribles
penas. La pobreza se extendía, pero el pueblo colaboraba con su esfuerzo a
llenar las arcas del estado y de esas arcas salía lo necesario para el mantenimiento del palacio del rey, para sus viajes de visita a
otros reinos, para el bienestar de su familia.
Dicen que muchos súbditos
tenían tanto amor por el rey que rezaban por el y por su alma.
En aquel tiempo el
pueblo sufría por la injusticia, se sentía impotente ante el absurdo desequilibrio del
platillo inclinado descaradamente hacia el lado de los poderosos. Sufría por la
perdida de sus derechos, sufría por la perdida de su libertad. La amenaza
pesaba sobre ellos. Estaban asustados por el futuro de los jóvenes ,los niños y
los ancianos. Se angustiaban pensando en la salud del planeta. El pueblo se
empezaba a dar cuenta de muchas cosas, pero respetaban a su rey porque pensaban
que el restablecería la justicia y la paz y la armonía.
Lo pensaban así
porque una vez el rey los salvó de un terrible peligro.
Lo pensaban porque
el rey, en sus palabras, hablaba de justicia, de igualdad, de libertad y el
pueblo creía en su palabra.
El pueblo sufría si
el rey enfermaba o tenia un tropiezo, el miedo a perderlo era el miedo a perder
al guardián de sus sagrados derechos .miedo a que los funcionarios ciego-sordos a las ordenes
de políticos ciegos–sordos llevaran al país a la oscura represión de sus
derechos. Confiaban en la sabiduría y la bondad del rey.
Y un día el rey
sacó del oro de sus arcas, el oro del sudor del pueblo, una bolsa de monedas
,la pesó, necesitaba igualar el peso con lo que pretendía.
En secreto organizó
un viaje a áfrica. En aquel tiempo áfrica sufría de una terrible desgracia, (el
hambre, la enfermedad, la esclavitud, la más vergonzosa de las injusticias
asolaba aquella tierra).
El rey, predicador
de la justicia, se fue a áfrica con su bolsa de oro.
Pensarás que el
buen rey repartió el oro para dar de comer a los hambrientos, para dar de beber
a los sedientos, para vestir a los desnudos, aunque no puedas creerlo, cuando
el rey pesó la bolsa sólo pensaba en el peso de un elefante, su peso en
oro. Oro del sudor del pueblo bajó de su
avión, pisó la tierra africana sin besarla y se fue en busca de un elefante.
Los elefantes y los
reyes están asociados.
Reyes sabios de
todos los tiempos han cabalgado en sagrados elefantes, porque los elefantes son
sabios, llevan en el planeta más años que nosotros.
Miles de años
simbolizando la sabiduría para muchos pueblos del planeta.
Los elefantes
sabios, pacíficos, poderosos han sido buenos amigos de dioses y de reyes.
Pero nuestro rey no
buscaba un elefante para inspirarse en
su sabiduría y aprender el buen uso del poder.
El rey buscaba un
elefante para matarlo.
¿por qué querría
este rey de palabras justas matar a un elefante?,
¿pensaría en dar de comer la
carne del sagrado animal a los hambrientos de áfrica?,
¿no sabía el rey
que para los africanos los elefantes son sagrados?,
¿que hizo el rey
con los colmillos de marfil?,
¿qué sintió el rey
ante el cuerpo abatido del animal?,
¿el rey siente? ¿el
rey piensa?.
El rey sacó la bolsa de oro del sudor de su pueblo y pagó
al peso por su matanza.
Mientras la reina
en su palacio recitaba: ”om mani pedme om”. Pidiendo perdón al maestro buda que fue elefante en su última
reencarnación. (las mujeres somos, en general, más sensibles a la barbarie).
El rey pagó, con el
oro de su pueblo hambriento ,por el placer de matar. El rey creía que nadie se
enteraría de su perverso acto, pero en los comienzos del siglo XXI nadie podía
ya ocultar nada, la era de la verdad había comenzado y ninguna fechoría
podía permanecer oculta por mucho
tiempo.
Ganesh, el dios
hindú hijo de Shiva, tiró al rey al suelo y el pueblo supo.
El elefante
sacrificado gritó a través de las voces del pueblo: ¡detengan la masacre!.
Refiriéndose a la gran masacre que los poderosos sordo-ciegos del S.XXI habían
desencadenado contra la tierra y sus
criaturas.
Muchos seres
humanos dijeron: ¡no contaran conmigo para esto!, ¡no con mis tributos!, ¡no
con mi sudor y el de mis hermanos!, ¡no queremos que nos gobiernen seres sordos
y ciegos que matan elefantes!
En las plazas del
reino se escucharon esos gritos y otros muchos… lo que pasó después
está aún por pasar.
Lo que sí sé, es
que la muerte de ese elefante no ha sido en vano.
Que su sangre nos
confiera el poder y la sabiduría que necesitamos para que podamos contar a
nuestros niños el final de esta historia diciendo: y muchos nos unimos y
conseguimos que los ciegos vieran y que los sordos escucharan.
Y el rey pidió perdón
por su sordo-ceguera.
¡Lo hicimos!.
Una gran conmoción
sacudió las conciencias y los poderosos temblaron.
Y una música nueva
sonó en la tierra.
Un gran coro de
risas mezclada con poderosos gritos de sabios elefantes.
¡Así será!.
Por Lidia farray.