LA RELACION "YO - TU"
M.
Martín Buber, filósofo y Teólogo, discípulo de Dilthey y Judío, nacido en Viena
en 1878, y fallecido en Jerusalén en 1965, nos deja, entre sus obras más
representativas, las siguientes: “Yo y Tú” (1923), y “¿qué es el hombre?”
(1949).
“Yo
y tu”, es su obra más propagada y central en el intento para comprender su
pensamiento. Y nos parece interesante reseñarla por la relación evidente que
encontramos para apoyar nuestra teoría acerca del ser humano como ser social por necesidad y como estrategia de supervivencia,
ser que se redefine en la relación, y que le hace “más humano”, y, como
estrategia para plantear y argumentar los fundamentos de los valores morales ¿religiosos? que
queremos defender como necesidad y estrategia de supervivencia ante un mundo globalizado, y dominando por una élite que se autoerige como la gestora del rumbo de la humanidad, un mundo atemorizado por el terror de los actos violentos, cotidianos, estructurales, las guerras, guerrillas, los abusos de los poderosos, de los estados, del poder económico, político y hasta del religioso sea cual fuere su "dios". El dios de Jesús de Nazaret, el dios del Vaticano, el dios de los musulmanes, el dios-dioses de los Hindús, de los budistas, etc etc etc
Resulta
extraña la emoción que emana de esta obra. Buber nos plantea el hecho de que
los seres humanos logramos en la comunicación, en el Yo-Tú, una interacción de
a dos, dialogante, tocándonos, interviniendo el uno en el otro. Somos la
palabra fundamental Yo-Tú. El Tú es un sujeto como el Yo, no se trata de una
cosa ni de un objeto. Otra relación fundamental es la constituida con el Ello,
el Yo-Ello. Una parte de nuestro ser se comunica con el mundo como cosa, objeto,
pero sin penetrar en ella, sin fusionarse. Esto es nuestra experiencia externa,
es esto y aquello, el conocimiento parcial, la información: el Ello nos aleja
del Tú. Nuestra vida diaria y común la vivimos en el Ello, en base a datos que
nuestro hemisferio izquierdo clasifica, valora, cambia o reemplaza.
El
Yo-Tú y el Yo-Ello son dos distintas formas de conocer, de vivir el mundo, se
constituye en nuestra dualidad como seres humanos, en nuestra polaridad
primaria. El Yo-Ello se nos da en forma diaria, común; el Yo-Tú también se nos
da: aunque no lo podemos forzar, nos es imposible manejarlo o manipularlo,
tenemos que prepararnos para que nos llegue. Es el mundo del amor, del
encuentro, de la experiencia mística, de la inocencia, de la creación, más cercano
al mundo del niño, o del ser como niños.
En
el Yo-Ello estamos en la dualidad cartesiana del objeto y el sujeto, del
espacio y el tiempo, del observado y el que observa. Se pierde la
participación. Cuando nos relacionamos con el Tú, no hay una cosa, un objeto,
no hay tiempo, no hay espacio, estamos ahí, somos con el otro, estamos en el
otro. Es una relación, una participación en interacción circular, sin un
comienzo ni un fin aislable. Actuamos con todo nuestro ser, ella no puede ser
parcial, es una experiencia del todo o nada.
a) La relación con el Tú se puede dar
con la Naturaleza, sin un lenguaje racional, antes del lenguaje.
b) Se da con los hombres, donde
participa el lenguaje, damos nuestro Yo y aceptamos el Tú.
c) Las formas inteligibles (¿ininteligibles?)
sería el mundo de lo creativo y lo religioso.
Nuestra relación con Dios, con la creatividad y el Tú, nos es dada. Lo «inteligible» con que conectamos pasa a tener forma, se fija en nuestro espacio del Ello, como un cuadro, poema, descubrimiento científico. Son momentos del Tú concretados en el Ello tangible. En la creatividad hay siempre «sacrificio», una pérdida del mundo anterior para que pueda surgir lo creado, hay un riesgo de jugarnos por entero para lograr lo actual, y no siempre resulta. También el riesgo está en exponernos como seres en lo que hacemos. La experiencia del Tú no puede ser parcial, tiene una semejanza con la idea del Espíritu Santo.
Nuestra relación con Dios, con la creatividad y el Tú, nos es dada. Lo «inteligible» con que conectamos pasa a tener forma, se fija en nuestro espacio del Ello, como un cuadro, poema, descubrimiento científico. Son momentos del Tú concretados en el Ello tangible. En la creatividad hay siempre «sacrificio», una pérdida del mundo anterior para que pueda surgir lo creado, hay un riesgo de jugarnos por entero para lograr lo actual, y no siempre resulta. También el riesgo está en exponernos como seres en lo que hacemos. La experiencia del Tú no puede ser parcial, tiene una semejanza con la idea del Espíritu Santo.
Si
mi vida es verdadera y auténtica logro este encuentro, la relación con el Tú es
directa. No hay ideas, ni imágenes, no hay esquemas. La memoria se hace actual
en esta realidad. Entre el Tú y el Yo no hay conclusiones. Todo medio como
condición es un obstáculo. Cuando todo medio es anulado se produce el
encuentro. Entre el Yo y el Tú se crea un «entre», un área que pertenece a
ambos y sólo puede ser fundada por ellos, en ese espacio está el amor y es el
amor. “El espíritu es este espacio, no es como la sangre que corre por nuestro
cuerpo sino como el aire que respiramos”, expresa Buber. El amor es la única
relación existente, efectiva, de todo nuestro ente, una percepción única,
exclusiva para ese instante. El odio es ciego, es una relación parcial, de sólo
una parte del ser. El mundo del Ello nos muestra el mundo previsible, medible,
inequívoco. El Tú nos ayuda a mirar la perpetuidad. El mundo del Tú es más
trágico, lleno de sentido y fuerza, es poético, tentador e insólito,
desconocido y conocido, nos perturba, nos hace perder nuestra estabilidad y
seguridad. Para el Tú necesitamos arrojo, necesitamos arriesgarnos.
No
podemos vivir sin Ello, pero si sólo vivimos así, no somos humanos. En la
relación con el Tú se muestra el espíritu, tenemos que buscar el sigilo para
obtener la comunicación. Vivimos un mundo lleno de Ello, como una atracción
permanente que nos llama, nos impide, nos entretiene, nos irrumpe. En el Tú
vivimos nuestra libertad de ser todo lo que somos más hondamente, de
convertirlo en acto.
El Ello puede volver a ser Tú, cuando lo
logramos «encontrar»; entonces puede volver a la comunicación más profunda, a
toda su realidad. El mundo del Ello es el mundo de las ideas, de lo viable, de
los «nudos mentales». Tenemos que llevarlo a la acción en la relación con el
Tú. El Tú nos muestra nuestro destino, nuestro sentido, y lo junta con nuestra
libertad. Nos da seguridad, claridad y certeza. La libertad es la posibilidad
de salirnos del determinismo, de la causalidad del Ello.
En el contacto con el Tú conocemos
nuestro ser, nuestra persona, en toda su dimensión positiva y negativa, pero
nos causa desconfianza este mundo pleno y también incierto, fugaz y peligroso
que es el mundo del contacto profundo y de la relación con el Tú, lo que nos
hace refugiarnos permanentemente en el mundo del Ello, el tener cosas, el estar
seguros y no arriesgarnos.
Con el Tú eterno es la comunicación
última, la más trascendental y extensa que puede tener el hombre. El único Tú
que nunca puede ser un Ello es el Tú inmortal, aunque pueda ser estudiado como
un Ello por la filosofía y a veces por la teología. Los hombres han hablado de Dios
como de una palabra sagrada, pero después hablaron de Dios como un Ello.
Suplicamos a Dios en el Tú de nuestra vida, también en el miedo, la
desesperación y la ignorancia. Dios es el ser más cercano, más inmediato y más
presente para nosotros. En la relación con el Tú y con Dios se superan los
opuestos, se logran acoplar sin sentir las diferencias, termina la polaridad y
la tensión interna, hay tranquilidad, sigilo, plenitud. Si nosotros necesitamos
a Dios, El también nos requiere. Como parte del camino para contactarse con Dios
están la oración y el sacrificio. En la plegaria hacemos manifiesta toda
nuestra insignificancia y dependencia, reconocemos nuestra limitación. En el
sacrificio damos algo nuestro, externo o interno, con gran humildad, para que
Su voluntad sea hecha. Podemos vivir a Dios en una unión de nuestro Yo, con
todo lo inconsciente, sensible, emocional, racional, sin barreras, como un ser
real.
La soledad en el hombre es importante,
pero si lo aparta de vivir la relación humana, es negativa, no podrá encontrar
el Tú. Toda vivencia de Dios es una revelación, un resplandor, un choque, un
misterio que nos cambia, nos hace diferentes a lo que éramos antes de la
vivencia. Nos da un sentido, nos asegura algo interno muy importante, nos hace
ver que este sentido es de esta vida y no de otra. Muchas veces la claridad
intelectual de este sentido nos costará mucho lograrla. Este saber por
revelación se transforma en una fuerza personal, en un deber interno.
Martin
Buber siempre buscó un camino de acción, de estar presente en la comunidad y en
las personas, en una unión entre religiosidad y acción.
¡Ojalá no dejemos de lado, a los grandes pensadores, filósofos, teóricos, a los grandes humanistas que aportaron tanto para las generaciones pasadas, presentes y hasta para las futuras, y que pareciera, hoy están en el baúl de los recuerdos!